Por Roberto Ítalo Tozzini
Durante la década de 1980 a 1990, el mapa europeo sufre una transformación política radical, que no se previó en ese entonces con tal inmediatez y que nos entusiasmó profundamente, porque volvieron a respirar aires de libertad, muchos pueblos sojuzgados hasta la magia de aquel momento. Como era de suponer, cualquier cambio de fondo en el mapa del imperio de la URSS, debía darse en el corazón de la misma Rusia, que era donde residía el poder. Los intentos periféricos del pasado, siempre fueron reprimidos duramente, con alto costo en vidas humanas. Así, los alzamientos de Hungría primero, luego Polonia y Checoslovaquia, terminaron con el ruido de los tanques soviéticos, los fusilamientos, la cárcel y, desde lejos, nuestra desesperanza.Pero en esta década asombrosa se dio una conjunción de astros imprevista aún para los políticos expertos. Gorvachov y su esposa Raisa, encarnaron un nuevo paradigma de la Rusia comunista: buscaron la apertura política y la transparencia, descreyendo de la mentira sistemática y de la represión persistente, suspendiendo la confrontación con occidente que empobrecía a sus pueblos. Trajeron aires de libertad en una comunidad sofocada por el ocultamiento, desencadenando fuerzas que se habían reprimido por casi un siglo y que ya no se pudieron controlar.
A su vez, Reagan, en USA, convencido de la superioridad de las democracias en general y de su país en particular, empleó su propio músculo político-militar para desequilibrar el precario equilibrio e incorporó compleja tecnología espacial de defensa, que los rusos no pueden igualar por sus costos. Por último, el increíble Papa polaco, Juan Pablo II utiliza todo su prestigio moral y la convicción religiosa de su Polonia natal, para desestabilizar al gobierno comunista de su país, permitiendo la irrupción de un movimiento obrero-sindical Solidaridad independiente, con un resquebrajamiento progresivo de la estructura represiva, del miedo al poder, que hasta ese momento parecía inamovible.
Al caer Polonia en brazos de la democracia, todos los regímenes del pacto de Varsovia comienzan a ceder como un castillo de naipes que se desmorona. Así fue que, poco tiempo después, proyectamos nuestro primer viaje a Polonia.
Cracovia
En el verano del 2008 resolvimos realizar nuestra primera visita al sur de Polonia para conocer a una de las joyas imperiales de la Europa central. Me refiero desde luego a la bella ciudad de Cracovia.
Esta antigua capital de los reyes de Polonia cumplía sus 751 años, según lo proclamaban grandes carteles, cuando nos trasladamos, vía Frankfurt, a su aeropuerto. Era agosto y la ciudad se mostraba ordenada y tranquila. Un taxi nos llevó en pocos minutos al hotel reservado, el Sheraton, cuyo enorme frente vidriado daba sobre el río Vístula, en la vecindad del famoso castillo de Cracovia y a unas 10 cuadras del núcleo antiguo de la ciudad.
El hotel, construido sobre las ruinas de una antigua edificación, que en partes conservaba, mostraba su confort habitual, pero desde la ventana de nuestra habitación, observamos con sorpresa, en las casas vecinas, que los ladrillos de las paredes afloraban bajo el revoque saltado, muchas aberturas estaban desencajadas y los vidrios rotos. La falta de mantenimiento era evidente y afeaba la vecindad. Esta primera impresión de decadencia en las propiedades, se fue confirmando en los días posteriores, fuera del centro mismo, que estaba bien conservado a lo largo de sus calles peatonales y donde lucían palacios y bellas construcciones góticas, renacentistas y aún barrocas. El contraste era propio de un país detrás de la cortina, recién levantada y dominado por años por el ejército “hermano” de un país “amigo” como lo fue la Rusia soviética. Desde luego, esto no invalidaba las pasadas riquezas que la ciudad atesora y que veníamos a conocer, así como la vivacidad y entusiasmo que la mayoría de sus habitantes demostraba, dada la situación actual. Cracovia, además, no había sido bombardeada durante la segunda guerra, por lo que podía haber deterioro, pero no destrucción.



Las habituales guías de turismo mencionan cuatro lugares imperdibles para visitar, en los tres días tipo que emplean los turistas durante sus excursiones. Nosotros conocimos sólo dos durante nuestra semana y explico el porqué. Los lugares son: la colina de Wawel, el casco histórico que incluye la gran plaza Rynek Glowny y alrededores, las minas de sal y los siniestros campos de concentración y muerte de Auschwitz. Las minas de sal distan sólo 18 km y estuvieron activas hasta finales del siglo pasado, con túneles escavados hasta 325 m de profundidad y galerías de 300 km de extensión. Fueron de las más grandes de Europa y hoy se han transformado en un lugar turístico con excursiones programadas que recorren parte de su entramado en un estado excelente de conservación. He visto fotos muy bellas del lugar. Pero a Martha nunca le atrajeron esos lugares húmedos y profundos bajo tierra y a mí me resultaban indiferentes, ya que no hacía demasiado tiempo habíamos compartido una cena de fin de Congreso en las que fuimos a las Minas de sal de Maastrich, también muy extensas y famosas, por lo que a éstas, las dejamos de lado sin visitar. El cuarto, Auschwitz, en la vecindad también, sentíamos que era un ejercicio de masoquismo tal visita. Mucho habíamos visto en películas y leído en libros e informes periodísticos sobre las acciones malignas y las vejaciones en el lugar, como para voluntariamente recorrer esos espacios diabólicos de sufrimiento; nuestro intento al viajar era la búsqueda de la cultura del lugar y su belleza, no el contacto con los más bajos instintos humanos que conocíamos bien por tantas referencias. El gran centro de exterminio humano nunca figuró en nuestro proyecto para una recorrida “turística”.
Así, por la cercanía a donde nos alojábamos, primero llegamos a la colina Wawel, donde el castillo comenzó a construirse en el año 1000, junto a otros monasterios e iglesias aunque los tártaros arrasaron y quemaron la ciudad hasta sus cimientos en el 1241, para resurgir en el siglo siguiente bajo el reinado de Kasimiro. Por ese entonces se fundó la universidad que aún persiste y las ciencias florecieron con personalidades universales como la de Copérnico.




La colina Wawel es una pequeña ciudad amurallada, sobre la rivera del Vístula, que incluye edificios magníficos, como la catedral, sus museos y el famoso castillo, a unas 10 cuadras al sur de la ciudad vieja. Las murallas son muy completas y bien conservadas con grandes lajas y ladrillos de color rojizo. Para ingresar se asciende por una larga escalera- rampa y sobrepasada la estatua ecuestre de Tadeus Kosciuszko y se dobla a la izquierda para ingresar en una amplia plaza central, rodeada por el importante conjunto de edificios, que ya hemos citado. Cabe mencionar que, en ese entonces, cada lugar de visita sólo admitía un número determinado de ingresantes, por lo que resultaba conveniente sacar los boletos con anterioridad, pues, de lo contrario, la recorrida podía frustrarse.



La catedral
La catedral ha sido testigo de la mayoría de las coronaciones, funerales y entierros de los monarcas y hombres de gobierno a lo largo de siglos de monarquía, al menos hasta el siglo XVI, en que los reyes se trasladaron a Varsovia.
La catedral es el santuario espiritual a la vez que la expresión más refinada del arte polaco. Actualmente, se ingresa a la estructura básicamente gótica de la iglesia, no por su frente, sino pasando por una puerta lateral, debajo de un atado de huesos prehistóricos de animales a los que se les atribuye mágicos poderes. Por fuera se observan los exteriores de las capillas con colores llamativos y diferentes estilos, llamando la atención en particular una, que está coronada por una cúpula dorada.




El interior se encuentra tan abarrotado de sarcófagos, altares, estatuas y monumentos, que se dificulta la apreciación general del bello recinto. A la derecha de la entrada, se distingue la capilla de la sagrada cruz o de Siewtokrzyska, con frescos bizantinos del siglo XV, que dan un marco único a un sarcófago de mármol rojo, también del siglo XV. En el centro de la nave, se levanta el altar barroco y la tumba de San Estanislao, obispo de Krakovia y patrono de Polonia (1253), que es de plata finamente labrada y adornada con escenas de la vida del santo. Pero quizás la joya principal sea la capilla renacentista de Segismundo, ubicada sobre la pared sur de la catedral, una de las más bonitas entre las innúmeras iglesias de Polonia y que se corresponde con la cúpula dorada mencionada desde el exterior. El ascenso a la torre-campanario, no demasiado elevada, permite apreciar la enorme campana de Segismundo y contemplar la ciudad vieja abrazada por las vueltas del río Vístula. Es un ejercicio moderado y recomendable.



Si descendemos ahora a las criptas de la iglesia, podremos recorrer las tumbas y sarcófagos de numerosos reyes, héroes militares como Kosciuszko y sucesivos gobernantes, en un ambiente austero con salas pequeñas y algo sofocantes que nos hace desear la pronta salida al parque para recibir la suave brisa del mediodía. El museo adjunto completa la visión de los tesoros que guardó la catedral como legado de esa época.


Esa tarde, luego de almorzar en el hotel, salimos a caminar sin dirección por la ciudad vieja para una primera impresión de sus edificios y monumentos, así como de sus habitantes. Creo que la población turística, en esta área, superaba a la autóctona.
El castillo
Fuimos al día siguiente. La vieja estructura gótica, residencia del rey Kasimiro, fue destruida por el fuego, dando origen a la reconstrucción del castillo actual, ahora de estilo renacentista, ordenado por Segismundo y completado en el siglo XVI. Vandalizado por los ejércitos suecos, alemanes y austríacos, el edificio logró conservarse y luego de la Segunda Guerra Mundial, comenzó una minuciosa tarea de reconstrucción, en parte concluida. Incluye un gran edificio de tres plantas y una torre adyacente de 7- 8 pisos de altura.

En la actualidad, para ser visitado, se requiere 5 boletos diferentes, cada uno con un número máximo de turistas por día. Los ambientes reales o del Estado, representan a mi juicio la parte de mayor interés en el recorrido. Se accede desde el segundo piso, pasando por docenas de cámaras restauradas en su estilo original barroco, con tapices, pinturas, muebles decorados y diversas obras de arte. Las dos salas más amplias y llamativas son la Sala de Diputados, con su techo de madera que contiene las pinturas o tallas con las cabezas de numerosos diputados, perfectamente identificables, y la sala de los Senadores, utilizada también como ambiente ceremonial y salón de baile por sus grandes dimensiones, de cuyas paredes cuelgan famosos tapices que narran la historia de Adán, Eva, Caín. Abel y Noé, según el viejo testamento.
Los apartamentos privados reales están muy decorados conforme al estilo imperante. Se desarrollan en el primer piso y abundan nuevamente en tapices flamencos y franceses que constituyen una de las posesiones más preciadas del museo, con 138 obras, todas ellas de gran valor.
El tesoro y armaduras reales constituyen otro sector de esta visita, destacándose la espada de la coronación, del siglo XIV, empleada en todas las ceremonias de nombramientos reales.
También se accede con otro boleto a una exhibición de arte oriental y a otras salas donde se muestran objetos de las primeras edificaciones de la colina (utensilios de cocina, cerámicas, hallazgos arqueológicos, etc.) que no llegamos a ver.
Se puede salir, como lo hicimos, bajando a una cueva que termina a orillas del Vístula, al lado de una estatua en bronce de un gran dragón que periódicamente ruge y exhala bocanadas de fuego, siendo una buena atracción para los niños y turistas que lo fotografían reiteradamente.
La plaza central: el corazón de la ciudad vieja
Desde este punto y caminando poco más de 10 cuadras al norte, nos internamos por segundo día en la ciudad vieja, en dirección a la plaza central o Rynek Glowny. Pasamos por la Basílica y el monasterio de San Francisco, que luego merecerá un comentario especial, atravesamos una plaza arbolada e ingresamos en una calle peatonal, ahora con edificios elegantes de 3 a 6 pisos y en aceptable estado de conservación. Esta peatonal desemboca en una gran plaza seca que se abre ante nosotros: hemos llegado al corazón de la ciudad vieja o Ryneck Glowny, por su lado sur. Este amplio espacio que mide 200m. por 200 m., es decir, incluyendo 4 manzanas, es una de las plazas más grandes de Europa,y está rodeada de construcciones de aspecto neoclásico pero sus orígenes pueden rastrearse hasta la edad media.



Numerosos restaurantes y bares entoldados se extienden a las veredas que la rodean y en su centro, al sur, se destacan la pequeña iglesia de San Adalberto que data del siglo XI, la más antigua de Krakovia y que ahora sólo tiene valor testimonial o arqueológico. Más al centro, se ve la bonita torre del ayuntamiento (el resto del edificio desapareció), de 70 m. de altura, a la que se puede subir para apreciar una vista general del lugar.



Cerca de San Adaberto, se levanta la estatua de Adam Mickiewicz, poeta polaco, rodeado por figuras alegóricas, y en, el centro mismo de la plaza, el extenso edificio de un mercado que proviene también de tiempos medievales, denominado “Sukiennice” o Lonja de los Paños, con unos 110 metros de longitud y dos plantas; las inferior con puestos de venta de alimentos, ropa y artículos varios, pletórica de gentes y colorido y la planta superior, donde funciona un museo de arte contemporáneo. Además, la plaza está colmada de palomas que cuando se alzan en vuelo conjunto, llegan a obscurecer el cielo mientras que por las cuatro calles del perímetro, circulan entre la multitud peatonal, vistosos carruajes tirados por corceles muy ricamente engalanados, llevando turistas. Por coincidir con fechas festivas, tuvimos la fortuna de asistir a una serie de desfiles de hombres y mujeres con ropas típicas de congregaciones o grupos culturales. Algunos sólo marchaban, otros cantaban o bailaban sobre un estrado montado al lado de la torre del Ayuntamiento.



Como se dijo, muchos restaurantes abren sus puertas sobre la gran plaza, con blancas sombrillas para proteger del sol en las mesas de las veredas. En la vecindad se encuentra el restaurante de Wierzynek, en su momento de esplendor frecuentado por reyes y, según la promoción, el más antiguo de Europa en actividad continuada.





Como broche de oro de esta descripción, nos queda la joya más preciada de las venerables construcciones que rodean la plaza. Me refiero sin duda a la particular basílica de nuestra Señora de la Ascención. Sus comienzos se remontan a 1220 con las habituales destrucciones y reconstrucciones que producen las guerras o los incendios. La fachada de la catedral está orientada hacia el este, como se acostumbraba entonces, por lo que queda algo oblicua respecto a la plaza y se distingue por la presencia de dos torres de altura y estilos diferentes proyectadas por dos hermanos en competición y pugna constante. La torre menor, con 69 m. de altura, tiene una cúpula renacentista y cinco campanas por lo que funciona como el campanario. La mayor, de 81m, muestra una cúpula con reminiscencias góticas y en su aguzado extremo superior, se encuentra una esfera dorada de 2.5 m de diámetro y 350 kg. que guarda un escrito con la historia de Krakovia.


Pero el interior es lo más destacado de la iglesia. Se puede ingresar por dos puertas principales: la frontal, que es el ingreso natural, diseñado en la actualidad para el acceso de los creyentes que vienen a orar, escuchar misa o realizar donativos, es libre pero no se permite tomar fotografías y otro lateral, para el turista, con derecho a fotos, que permite apreciar el famoso altar de 5 secciones y buena parte del interior de la iglesia. Para este ingreso se paga. Nosotros utilizamos ambos en distintas oportunidades, pues visitamos la iglesia muchas veces. En el bellísimo interior, apenas iluminado, se aprecian cristales de vivos colores que adornan a los ventanales (vitreaux) que datan del siglo XIV. El techo muestra un intenso color azul cuajado de estrellas. Un impresionante Cristo parece suspendido en el aire a nivel del crucero y doradas pinturas murales cobran vida en las penumbras de la nave. El altar, merece un comentario aparte.
Considerado por Pablo Picasso como la 8ª maravilla del mundo, este retablo mide 13 m. de altura y 11 m. de ancho. Se halla constituido por cinco paneles que se pliegan sobre sí, cuando la catedral está cerrada y que son de una vivacidad y realismo increíble por lo que es considerada como la pieza maestra mayor del arte gótico en Polonia. El panel central muestra a la Virgen rodeada de los apóstoles, mientras que las secciones laterales, exhiben distintos momentos en la vida de María y de Jesús. En su parte superior, observamos la coronación de la Virgen en el cielo y en ambos lados del altar se levantan las estatuas de San Adalberto y San Estanislaus. Realmente es un conjunto magnífico que podría justificar por sí sólo un viaje a Krakovia. Durante nuestra estadía, como lo señalé, varias veces fuimos a la catedral para gozar con la contemplación de esta obra impar. Estas imágenes, que he fijado en mi memoria y en las fotografías que pude tomar, me recordarán por siempre mi observación asombrada.




Hacia el costado sur de la Iglesia uno disfruta de una plazoleta, denominada plaza Mariana o Mariacki, sobre la que asoma también una capilla con techo triangular, que es la Iglesia de Santa Bárbara vinculada con un viejo cementerio. Por detrás, se desarrolla una hilera de casas de gran porte y más atrás, otra plaza que funciona como mercado general y de carnes.




Regresando al hotel por calles diferentes para explorar más los alrededores, nos encontramos con el bello edificio de la Universidad y su iglesia Sta. Ana, numerosas iglesias más, en general muy concurridas, ya que Krakovia y Polonia posee una población católica mayoritaria. Además, en esta ciudad, fue el queridísimo obispo Karol Wojtyla, el posterior Papa Juan Pablo II, cuyo nombre permanece entre la gente después de su muerte, como una figura imborrable. En la ciudad, los comités eclesiásticos estudian su vida y obra en busca de su canonización que posteriormente consiguieron. Precisamente, en el primer piso de una casona que podía ser el obispado, se veía tras la ventanamuna gran fotografía del amado Papa, en sus últimos años. Y enfrente, se alzaba la importante basílica de San Francisco con su monasterio gótico adyacente que ya mencioné. Al ingresar, nos aguardaba una sorpresa fuerte: en esa semana, y como préstamo de la hermana catedral de Torino, estaba en exhibición el “manto sagrado” que aparentemente envolvió a Cristo en su camino al Gólgota. De grandes dimensiones y extendido dentro de una vitrina de vidrio irrompible, la extraordinaria pieza estaba allí, frente a nosotros, rodeada de pocos fieles en ese momento, de tal manera que pudimos apreciarla con todo fervor y comodidad hasta en sus menores detalles. Indescriptible impacto emocional para el católico, que revive el martirio cristiano, a pesar de las encontradas opiniones científicas y religiosas respecto a la autenticidad de la tela. Creo que verla es aceptarla, rechazando toda adulteración.



Muchas iglesias más valen ser recorridas, sea por sus orígenes o por la obras de arte que atesoran; cito las de Pedro y Pablo, levantada por los Jesuitas, cercana a la colina Wawel, uno de los pocos ejemplos del barroco, a pesar de su austero interior. En su frente, sobre columnas, se exhiben las figuras de los 12 apóstoles. También en la vecindad y con un austero estilo romanesco, la de St. Andrew es una de las más antiguas de Cracovia con su exterior de piedra y su modificado interior al estilo barroco. A solo una cuadra del castillo, se aprecia otro elegante edificio del siglo XIV, el museo Arquidiocesario, con interesantes colecciones y una sala dedicada al Papa Polaco Juan Pablo II. La iglesia de la Trinidad, de los Dominicos, tiene un perfil neogótico muy atrayente y un museo se desarrolla en el monasterio y adjunto. Se encuentra a media distancia entre el casco antiguo y la colina de Wawel.


Quedan otras numerosas iglesias que no describo aquí, pues no las visité, pero que dan testimonio de la dimensión religiosa de este pueblo, que los comunistas no pudieron quebrar. En ese sentido, llamaban la atención los frecuentes grupos de monjas y sacerdotes jóvenes que cruzábamos por las calles, mostrando una devoción y alegría superior a la que se respira en Roma o aún en el propio Vaticano.



Museo Princesa Czartorynski
Ansiosos por contemplar un renombrado cuadro de da Vinci, que sabíamos se exhibía en Cracovia, fuimos al museo Princesa Czartorynski que no nos defraudó. Originalmente, fue el principal museo histórico de Polonia, pero parte de la rica colección de pinturas y otras obras de arte fue trasladada a París en el siglo XIX y robada otra parte, por los nazis en la Segunda Guerra Mundial. Aún así, queda mucho por ver. Persisten bellas pinturas italianas flamencas y holandesas, pero la estrella sigue siendo “La señora y el armiño” de Leonardo, realmente un cuadro maravilloso con sus colores muy bien conservados, y luego el “Paisaje antes de la tormenta” de Rembrandt. También se exhiben armas y artefactos de guerra de turcos y austríacos provenientes de la batalla de Viena así como obras de arte egipcias, etruscas, griegas y romanas.

Krakovia fue una ciudad amurallada con 8 puertas fortificadas de ingreso. La mayor parte de las murallas fueron eliminadas con la idea de “modernizar” la ciudad a finales del siglo XIX, por lo que sólo quedó una sección de dos plantas que incluye la Puerta de Florian. Ese sector de la muralla, se levantó en el 1300 y la parte superior fue agregada posteriormente. La muralla incluye dos torres y también se suma un bastión circular de ladrillos con paredes de 3m de espesor y múltiples perforaciones para visión del exterior, siendo una pieza de valor defensivo que se agregó a las murallas para protegerlas al final del siglo XV, denominada Barbican. Está adjunta y por delante de la puerta de Florian y en su origen se conectaba con ésta. Tal estructura es una de las pocas que se han conservado en la Europa central y puede visitarse con el sector remanente de la vieja muralla. Vale la pena hacerlo.

El barrio Kassimiro
En otra oportunidad un taxi nos acercó al barrio Kassimiro, que en su origen fue una población independiente de la ciudad y hoy es un suburbio al sur de Kracovia. Tiene dos sectores bien distintos, el católico y el judío, con sus templos o iglesias, sus comercios y restaurantes típicos y su historia bien diferente. En la parte católica, se levanta la iglesia de San Stanislaus, con un tronco de un árbol en su interior, lugar donde, según la tradición, fue decapitado el santo patrono de Polonia por el rey Boleslaus en el año 1079.
Al noreste de la iglesia de Corpus Cristi, del barrio católico, se encuentra un área pequeña de 300m. de lado, que corresponde al sector judío de Kassimiro. Fue un centro rico, asiento de casas de estudios sobre cultura judía y luego de la deportación masiva del nazismo a su campo de exterminio (recordar la película “La lista de Schlinder”) quedó reducida al templo, restaurantes típicos, comercios y la famosa fábrica de Schlinder, de amplio frente blanco y tres plantas, que hoy puede visitarse y donde trabajaron más de 1300 judíos prisioneros nazi que el empresario ocultó de alguna forma, evitando su muerte atroz.


Volviendo al centro y en la cercanía de la gran plaza del mercado se levantan algunas construcciones que me impresionaron en su momento y vale recordar. El edificio de la ópera y de la Música es una bella construcción de estilo clásico, rodeada por palacios y magníficas casonas. Lo encontramos en el camino entre los remanentes de la muralla y la citada plaza. También en este espacio, que se corresponde con el casco antiguo, se levanta el famoso museo Princesa Czartorinsky que ya describimos, y 100m. más al sur, el Museo Farmacológico, ubicado en una hermosa casona de larga historia que depende de la Facultad de Medicina. En su tipo es quizás el más completo de Europa. Y ya en una de las esquinas de la plaza, un palacio reacondicionado alberga el museo Histórico de Croacia.


Si nos apartamos un par de cuadras hacia el este, nos encontraremos con el Collegium Maius, construido como parte de la Academia según lo he mencionado, y que ahora pertenece a la Universidad Jagiiellonian. Es uno de los mejores exponentes de la arquitectura gótica del siglo XV y la universidad más antigua en Polonia. Vale la visita. Adjunta a la universidad, se levanta la iglesia de Santa Anne, donde muchos actos académicos han tenido lugar. Alumno de esta universidad fue Copérnico y algunos de sus manuscritos se guardan en sus archivos. En los alrededores puede visitarse el museo Wyspianski, que está dedicado a uno de los grandes y más queridos artistas de Cracovia y que muestra, en su primer y segundo piso, las distintas formas de arte que explorara Wyspianski como pintor, poeta, escritor de obras de teatro, diseñador de vitraux, etc.
El escaso tiempo restante de nuestra estadía lo empleamos en una recorrida por barco de una o dos horas sobre el Vístula, apreciando en sus orillas, viejos palacios, importantes monasterios muy bien conservados, iglesias, algunas casas nuevas y hoteles renovados, así como embarcaciones fijadas a la orilla y transformados en restaurantes. También cerca de la colina y a orillas del río, se levantan varias mesas de ajedrez y resultaba común en esos atardeceres ver jugadores y público muy interesados en los movimientos de las piezas del juego-ciencia.









Consumido los días que teníamos previsto, un adiós preñado de recuerdos. Cracovia, la joya en el corazón de Europa ya es parte de nuestra historia. Volvemos al aeropuerto para continuar nuestra estadía en España.
